Y oímos en la Comisión de Fiscalización al secretario general del despacho presidencial, Benito Villanueva, experto en relatividad administrativa, explicar que las citas registradas con el nombre del presidente no son necesariamente con el presidente y que la duración registrada no es necesariamente la duración real. El problema es que, al menos dos de ellas, Guadalupe Vela y Rubiel Beraún, conocen bien a Jerí pues acudieron al Congreso el día de su investidura.
Para remate, revivió otro caso que aviva el candelero: Susana Gutiérrez Rivera, trabajadora del despacho, habría pasado una noche entera en Palacio, según el registro de visita. Don Benito tiene mucho por explicar.
A pesar de todo esto, Jerí no ha salido a tratar de apagar este candelero. Ya no puede invocar a la madre dolorosa. Esto es cosa de grandes, de un manganzón que habría -la investigación fiscal recién empieza- usado el poder para favorecer a amistades. Palacio emitió un comunicado rechazando que se ‘cosifique’ y ‘vulnere’ a las mencionadas.
Es cierto que hay denuncias prejuiciosas y machistas, que colocan fotos sexy de las jóvenes como sinónimo de turbiedad. Ese no es el punto, sino saber si cumplían con el perfil requerido y si la contratación se debió o no a la palanca presidencial; salvo casos en que se trate de personal de confianza. El fiscal de la nación, Tomás Gálvez, no ha abierto investigación a Jerí, pero la que se sigue a los involucrados debiera aclarar el entuerto.
La máquina frívola
El ‘Chifagate’ levanta sospechas de corrupción pura y dura. En el escándalo de las contrataciones femeninas en cambio, hay por encima de las sospechas de delitos de corrupción de funcionarios (tráfico de influencias, negociación incompatible, peculado, etc.); una percepción de frivolidad. Distraerse de las grandes tareas de la patria para regodearse con las prerrogativas del poder. Eso no se perdona.
Varias visitas ocurrieron el feriado del 1 de noviembre. Jerí podría decir que no era un día laboral y tenía derecho a recibir a amistades; pero si lo dijera corroboraría que las conocía y por eso se favorecieron. El presidente está atrapado en su frivolidad, en su ligereza, en su deformación como político y servidor público. Si saliera a hablar del tema quedaría, además, atrapado en sus mentiras. Librarse de la vacancia o censura es una cuestión de tiempo más que de correlación de fuerzas.
El presidente, tras el Chifagate, ya no quiere estar en las portadas. Ruega para que lo esté la campaña; pero para algunos partidos en la contienda y con curules -como Renovación Popular- una noticia para sus campañas sería defenestrarlo. Si ello sucediera, la papa caliente del Perú caería constitucionalmente en manos de Fernando Rospigliosi y Fuerza Popular, que, al menos esta última, no la quiere recibir. Ese es el tablero de ajedrez que ocupa la mente de Jerí distrayéndolo del ‘Perú a toda máquina’.
Vaya revés para el presidente que copó las portadas con saludables actos de comunicación política. Antes de invocar en su ayuda a la imagen de la madre lacrimosa; produjo alegres imágenes para el recuerdo: las visitas a las cárceles, sus incursiones ante los ambulantes, el gorrito y la camisa blanca. Todas ya difuminadas. Su aprobación llegó a ser bastante mayor que su desaprobación. Hoy se invierte la figura, pero aún tiene un saldo a su favor para que no lo consuma el fuego.








